La
primera de todas las razones, para una persona que jamás ha
tenido uno, es una razón simple: un sueño respecto a
la abundancia. Y es también la última de las razones
para aquellos que lo hemos tenido porque huerto productivo y riqueza
son sinónimos.
Pero aparte de la riqueza
confluyen otro sinnúmero de motivos que es necesario considerar
aunque individualmente parezcan menos inmediatos.
I. No sólo en nuestro
país -Chile- las macropólis se expanden a velocidades
aparentemente alarmantes. En Santiago la ciudad crece a un ritmo vertiginoso,
invadiendo terrenos anteriormente agrícolas, como Chicureo,
destruyendo un suelo fértil y, lo que es peor, dejando como
obsoletas esas magistrales obras de ingeniería que fueron los
sistemas de canalización de aguas para regadío.
Pero todo esto es aparente.
En la realidad concreta, la aparición de jardines donde antes
había "campo", es un suceso de un beneficio ecológico
inmedible; y esto aunque esos jardines sean pequeños o virtuales.
La actividad campesina,
considerada desde siempre como "natural" y ecológicamente
equilibrada, es de todas las actividades humanas la más dañina,
contaminante, y, aunque nos asombre, la de más impacto ambiental
que se conoce.
Hay un daño mucho
mayor contra la vida del planeta en una parcela de medidas normales
con agricultura normal, que en un derrame de petróleo de un
buque cisternas en el mar.
Esto, sin duda, parecerá
como asombroso a una mayoría. Pero lo que intenta la actividad
campesina tradicional es un lecho (o suelo) de cultivo "aséptico",
de manera de no tener que lidiar con demasiadas plagas.
Es una cuestión
obviamente válida pero que afecta tal cantidad de otras cuestiones
que se autoinvalida.
Veamos cuáles:
a. Para hacer un campo de cultivo,
primero, hay que eliminar las "malezas", es decir, aquellos
vegetales que se daban espontáneamente ahí. Eso incluye
los árboles de cualquier tamaño.
b. Esto destruye el cobijo y la
fuente de alimentos de un enorme número de especies.
c. Muchas de esas especies tratarán
de alimentarse de los nuevos cultivos. Entre ellos pájaros,
insectos y roedores, que deben ser eliminados a su vez.
d. Queda un gran número
de depredadores sin su fuente de alimentos que deben buscar otras
fuentes -como los zorros con los gallineros- que también deben
ser eliminados.
e. El sistema natural se descompensa
completamente pero falta todavía asegurar el crecimiento sano
de los nuevos especímenes para lo que se recurre a pesticidas
e insecticidas que eliminen toda vida que pueda surgir alrededor de
la planta. Eso incluye la muerte de la microbiología del suelo.
Estamos tan acostumbrados
a este orden de cosas que no nos llama la atención pero en
un campo tradicional de cebollas, p.e., hay más daño
ecológico que bajo la misma área de océano cubierta
por petróleo. De hecho, en nuestro ejemplo sólo está
la vida de las cebollas que sin cuidado humano morirán de inmediato.
Así, la posibilidad
de restitución de las condiciones naturales en un predio agrícola
inserto entre otros iguales, es más remota que en el ejemplo
del océano.
De esta manera, la expansión
de las ciudades asegura en cierto grado una naturaleza que cobija
un alto número de especies. Pero no es solución en la
medida que ello significa la destrucción de terrenos de cultivo
esenciales.
Sin embargo, si esta expansión
se acompaña con huertos que auto abastezcan a los propietarios,
al menos de una mayoría de productos estacionales, el impacto
se reduce casi a cero de la misma manera que se reduce el impacto
de las migraciones campesinas a las zonas urbanas.
2. La segunda razón
es la posibilidad de realizar un huerto orgánico por la calidad
de su producto.
Un huerto orgánico
se diferencia de la agricultura "normal" en que ésta
alimenta directamente la planta. Los científicos calculan que
más de un centenar de elementos participan en la nutrición
de los vegetales de los cuales sólo se ha clasificado una treintena,
y de los que se aplican en la práctica menos de una docena.
En la agricultura orgánica
no se alimenta directamente la planta, sino que su suelo, de manera
de darle un lecho rico en el que se encuentren tanto los elementos
conocidos como los por conocer.
Esto produce plantas mucho
más fuertes y resistentes aunque no necesariamente tan espectaculares
como las de los cultivos químicos, plantas que demasiadas
veces pueden ser tratadas químicamente con exceso, estar contaminadas
y producir secuelas que solo serán detectadas cuando ya es
demasiado tarde: sucedió con el DDT, sucede con las aves de
criaderos tratadas con hormonas que feminizan a los niños y
que adelantan madurez y menstruación a las niñas. Actualmente
se buscan conexiones entre algunas enfermedades neurológicas
y los pesticidas de la agricultura.
Volviendo a lo anterior.
Se ha determinado que en la alimentación de las plantas orgánicas
participan además, una serie de bacterias y hongos, entre los
que se encuentran los penicilínicos. Este fenómeno ha
llevado a una serie de investigadores a apuntar que la razón
por la que los animales salvajes no contraen las enfermedades que
afectan a sus congéneres en cautiverio es porque se encuentran
inmunizados por su alimento de origen orgánico: ya sean plantas
u otros animales que se han alimentado de esas plantas. En cambio
la gran mayoría de los animales en cautiverio se alimentan
de plantas de cultivos químicos, o de la carne de otros animales
que han sido alimentados de esa forma. Nada indica que este fenómeno
no se dé también con humanos.
La pregunta es, entonces,
¿por qué la macro agricultura no es orgánica?
De hecho, en largos períodos
de la historia lo ha sido, cuando el único abono era el estiércol
pero para disponer de este abono hay que tener animales, cuestión
cara, animales que casi desaparecieron con la revolución industrial
y la aparición de las máquinas.
Sólo mucho después
de la revolución se formó una clara conciencia de cómo
se habían erosionado y empobrecido los suelos de cultivo, asunto
que no tuvo solución hasta la magistral aparición del
Salitre de Chile.
Actualmente, tener macro
cultivos orgánicos es una cuestión impagable, pero igual,
los agricultores serios se preocupan de mejorar cada cierto tiempo
sus suelos, ya sea con importantes aportes de guano animal o de humus,
normalmente de lombriz.
A la inversa, en predios
pequeños, es bastante fácil tener cultivos orgánicos
con todos los beneficios que producen sus frutos.
3. El cultivo orgánico se alimenta siguiendo el mismo
esquema de la naturaleza, residuos vegetales y animales que son procesados
por otras formas de vida que las incorporan a la tierra en forma de
humus, el alimento de muchos organismos que sirven a su vez de alimentos
a las plantas.
Para los cultivos, entonces,
se requiere de basura (orgánica, por supuesto, no de plásticos
y, ojo, el papel es orgánico en su mayoría), basura
procesada en forma rápida -el Compost- o lenta -la tierra de
"hojas"-. El hecho, así, de tener un huerto en el
jardín posibilita el procesar la propia basura con la reducción
del enorme impacto ambiental que tienen los gigantescos basurales.
El resto de los desechos,
plásticos, vidrios, metales, telas y papeles o cartones, son
en su mayoría reciclables y la sociedad está empezando
a proveer de los medios adecuados para deshacerse de ellos.
4. Hasta el más
rico tiene enclavado en su inconsciente el miedo al hambre. Todos
sabemos que en casos de guerras, desastres naturales, crisis económicas
o políticas, o cualquier otra, estamos todos afectos a la incapacidad
de obtener nuestro propio alimento.
Esto se vio particularmente
claro cuando el cólera resurgió en gloria y majestad
en Chile. Por primera vez la gente (rica) se dio cuenta de la importancia
de la lechuga. Lechuga omnipresente en la mesa, cotidianamente, despreciada
y botada en su mayoría luego de cada comida. Todos vieron que
la lechuga, los rabanitos, el repollo, la zanahoria no eran un placer
esporádico: son una necesidad humana, ni siquiera un vicio.
Un niño, cualquiera,
adquiere una visión completamente libre de la vida cuando sabe
cómo proveerse su alimento, aunque no haya participado en un
huerto directamente, sino que sólo estando enterado de que
eso que está en la mesa -que no son las flores- proviene del
jardín. Posibilitar a alguien a que pierda el miedo al hambre
es sin duda lo más grande que nadie pueda hacer por cualquiera.
Sin el más leve
ánimo de ponernos sensacionalistas, siempre recordamos con
admiración a uno de nuestros primeros clientes. Un alto ejecutivo
reacio al huerto, sinónimo de hipismo para él, que dio
con extremo disgusto el cheque para que hiciéramos un huerto
para "la Gorda" (su mujer). Cuatro o cinco meses después,
nos avisó con bastante anticipación que dada una "serie
de problemas", no podía seguir pagando, que nos llamaría
cuando le fuera posible.
En ese momento en nuestro
país, bancos, financieras y fondos mutuos caían hechos
trizas como el aparador de los cristales de alguna bisabuela en el
terremoto de Chillán.
Algún tiempo después
apareció nuestro excliente a agradecernos su huerto que en
un momento de crisis le había permitido olvidarse del problema
del hambre durante casi cuatro meses. Su empresa, internacional, considerada
como sólida entre las sólidas, había reventado
y no sólo la administración estaba presa, sino que en
varios documentos él, sin saberlo, aparecía como codeudor.
El, "su Gorda"
y sus tres hijos habían pasado momentos no angustiantes...
habían pasado momentos de verdadero terror. Pero "su Gorda"
con el huerto y mucha imaginación, había logrado que
la mesa fuera un lugar tranquilo, un oasis lleno de "no me gusta"
por parte de los niños, pero sin temores.
No puedo decir que hoy
en día ese huerto es manejado por esos niños, dos de
ellos adolescentes sino más, pero tienen más que claro
cual es su curso... y su importancia.
En resumen: el huerto
incorporado al jardín conlleva una serie de efectos culturales
cuya masificación modificaría como en una revolución
una cantidad impredecible de lacras sociales. Entre ellos la miseria,
pero esto requiere de capítulo aparte:
V.
Cuestiones históricas del huerto.